Colombia, el problema es…político

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Colombia, el problema es…político con hambre de poder

Colombia tierra querida, fraseo de la canción que se puede haber quedado solo en eso, incoherente a muchas de nuestras actitudes. Nuestro país, el que nosotros no escogimos para nacer y que vox pópuli defendemos a capa y espada; quizá más notorio en los partidos de fútbol; es uno de los más vulnerados en sus recursos (cítese recursos naturales, económicos, hidráulicos, forestales, humanos, etc.)

Sí, los nativos somos de papelillo ante la contextura del significado de esta “Colombia de mis amores”, resta decirlo por todo lo que ha sucedido a través de la historia con los más sinceros testigos: El Suelo y el Cielo.

Hoy, triste decirlo, bajo notorias excepciones, que más valores debemos dar a todos aquellos foráneos que eligieron motu proprio venirse a vivir aquí y quedarse reconociendo las virtudes, valores y riquezas de esta región y preservándoles con orgullo, identidad y pertenencia real.

Aquí todo el mundo le echa la culpa a todo el mundo, el tiempo pasa y muchas historias se repiten con los mismos bibliotecarios en vigilia, la ignorancia, la insensatez, la mañosa tradición, la corrupción, la mentira y la dependencia.

Vale la pena hacer el ejercicio de tomar un periódico de hace 50 años y compararlo con los contenidos de hoy; cambia el estilo, la tecnología y por supuesto la época; pero los contenidos son mellizos en los exabruptos de una realidad que no es que sea sensacionalista sino que es la crudeza de los problemas sociales con su condimento de consecuencias.

Las soluciones solo se escuchan durante las campañas electorales por el interés desesperado por conseguir votos y ganarse un empleo más que lo que significa una curul o cargo público.

Toda una fiesta conmutativa que unida en sus elementos, no altera el pésimo y triste resultado: Pobreza, delincuencia, violencia, hurtos, secuestros, asesinatos, violaciones en todos los órdenes, clientelismo, explotaciones, guerra, mal servicio en lo público, nepotismo, carestía, abusos a los usuarios, atropellos al ciudadano, despotismo, escases, paros , protestas, intimidaciones, desinformación, burocracia, anarquía, corrupción en todas la áreas, indolencia, abandono, dolor, fraudes, oportunismo y maledicencia unos con otros.

A la hora de la verdad, lo que estamos viviendo hoy, en donde está en juego la vida noble de los colombianos, es un estregadero de intereses personales con el tira y afloje de los que más poder tengan, y el pueblo que se friegue. Inentendible es que nuestra cotidianidad cronológica ha sido un carrusel y sabiendo de los mareos, nauseas y desorientación que nos ha costado, seguimos cayendo de manera indudablemente masoquista, en el mismo remolino.

Hace poco escuché a un viejo que más que sabio era marrullero, que el remedio para una Colombia libre, social y digna, era meterle un purgante en sus entrañas democráticas; pero otro viejo mañoso y conservador de tradiciones le respondió que no darían abasto entonces cementerios, cárceles, calles y letrinas.

La filosofía de la putrefacción, producto de la actividad corrupta, nos dice que es necesario que las minorías políticas que honestamente y difícil de creer que así sea, dadas las circunstancias anotadas; se tomen ya la vocería y el protagonismo, para ponerle sal al sancocho insípido de la política en Colombia.

La salida es la educación a las nuevas generaciones y la reconstrucción de esa credibilidad perdida por causa de la hecatombe que nos ha dejado la vulgar forma de gobernar.

Es hora que la sociedad civil, las víctimas, los estudiantes, los obreros, los artistas, las comunidades sometidas por años; tomen partido de los partidos, y se consolide una sola fuerza que desestabilice la yaga del tradicionalismo y los partidos de papel en donde su institucionalidad la protagoniza un solo líder, y el enviciamiento del buscar siempre el servirse de los demás.

Colombia ya no puede esperar más. ¡Qué se haga la paz! Pero no una paz de pocos y por cumplir programas de gobierno. NO. Se necesita la voluntad política, el deseo de cambiar sin reincidencias y con el compromiso del bienestar para todos de una vez por todas.

Que se acabe el tire y afloje de los soberbios y egoístas; que Colombia entera como en los “cacerolazos”, rechace toda forma de intereses netamente personales y exija la justa justicia para un país desangrado que quiere solo donantes de sangre limpia y que se comprometan a vigilar con celo que no haya nunca reincidencia y comida para los que tengan o aparezcan con el “hambre del poder”.

Por :Luis Antonio Gómez López (luisantgomezlopez@gmail.com)

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