La Libertad del Secuestro

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La libertad nunca puede ir en choque con el pensamiento democrático. Es definitivo. Ninguna manifestación del hombre para el hombre que genere violencia, dolor, incertidumbre, aprovechamiento, maltrato, privación de la libertad y derechos, podrá ser aprobada y menos considerada dentro de los parámetros de las justicias.

Muchas fuerzas armadas en Colombia han cometido delitos y han privado de la libertad a personas que han regresado a la libertad vivos o muertos. ¡Qué infamia! Reprobable por donde se le mire.  Inconcebible que se tome arbitrariamente a una persona y se tome como prenda de garantía para intereses particulares a satisfacción de las necesidades apremiantes para continuar en su desdén.

Durante décadas hemos sido testigos de magnicidios que se desencadenan de secuestros con el dolor que queda perenne como la hierba (retomando la letra petrificante de “Desiderata”).  ¿Y qué?  No podemos entender el espacio tan estrecho entre la justicia y la impunidad.

Verbi gracia, el condenable y macabro hecho, entre tantos, con los ex diputados del Valle del Cauca y sus familias, quienes después de sufrir tenazmente el encierro con todo lo que conlleva, fueran arrebatados de su esperanza, la de los suyos y de un país, en la frustración de verlos regresar, pero muertos.  

El tema del secuestro se ha popularizado como un gran enigma al que no se le encuentra salida y el que ha servido como herramienta poderosa en los conflictos, no sólo los colombianos sino de todo el mundo.  Tenemos un norte seguro para responsabilizar de esta acción; pero… ¿Qué nos dice la historia y la razón?

Es de anotar que las estadísticas nos muestran “parcialmente”  que el 61% de los plagios en el planeta corresponden a nuestro territorio colombiano.

¡Poco generoso el resultado! Si es así, es un indicativo sumamente vergonzante desde el punto de vista de una acción permanente a la que políticamente no se le ha dado el trato contundente a pesar de los esfuerzos y quizás las buenas intensiones por irrumpir en este flagelo, el que no pertenece únicamente a los grupos guerrilleros, sino también a las agrupaciones de delincuencia común.  Y al que podríamos decir, usados estratégica y convencionalmente en la obtención de un  crédito Político, mediático o financiero.

La etimología de secuestro viene de la palabra latina “sequestrum” que es un tecnicismo  jurídico y en relación  con el verbo de la misma raíz “sequestrare”  que significa, distanciar a alguien o algo de un lugar y se deriva del antiguo adverbio y preposición “secus”, que traduce “lejos” o “a lo largo de”.

Conociendo su significación, necesariamente determinamos que esta práctica se ha desarrollado a lo largo de la historia, por lo que podríamos decir que se trata de una malévola manifestación del ser humano por sus propios intereses circunstanciales del momento.  

Hoy  esta actividad se reprocha desde  todo nivel por su misma concepción; y así se le quiera denominar con otros calificativos de acuerdo al lenguaje y objetivos propios de quienes lo protagonizan, no deja de ser una infame tortura humana para quien lo vive en su propia carne como para quienes son víctimas del mismo, dada la cercanía afectiva de la persona infortunada.

En medio de los conflictos y las confrontaciones bélicas, se le denomina retención política o prisión de guerra; por eso cité la etimología, en donde el argumento  llama a las cosas por su nombre.

Claro, este tema  ha tenido sus bases y sus propósito, basta hacer un recorrido por la historia y que importante  retomar sucesos de la antigüedad como el cautiverio de Babilonia o cautividad de Babilonia en que buena parte del pueblo judío fue forzado a desplazarse hasta la capital del imperio de Nabucodonosor. 

Igualmente para hacer más referencias al respecto, miremos el caso de los investigadores dirigidos por Alexander Bentley, de la Universidad británica de Durham, que analizando los restos dentales de un enterramiento de 34 individuos en una tumba encontrada en los años 80,  utilizando medidas de isótopos de estronio, carbono y oxígeno, determinaron   que esto sucedió hace centenares de años cuando llegaron a un  asentamiento en los alrededores de lo que hoy es la ciudad alemana de Talheim, cerca de Leipzig  y  secuestraron a casi todas las mujeres,  y sus varones perdieron la vida sin poder rescatarlas. ¡Claro, no fue en territorio de la futura Colombia!  Pero ya se proyectaba como una mala costrumbre.

Así damos referencia que a lo largo de la historia en el planeta, el secuestro ha estado presente en muchos episodios de la vida, que no sólo ha sido Colombia  la comidilla de la prensa internacional  para hablar de la violación de los derechos humanos con actos tan deprimentes como el secuestro. 

Recordemos por ejemplo otros casos de esta horripilante modalidad inhumana: Organizaciones como Lebensborn en la Alemania nazi creada por el líder de la SS Heinrich Himmler que con su propósito de expandir la raza aria, queriendo generar una metamorfosis hacia una nueva raza en Europa,  proveía de hogares de maternidad a las esposas de quienes pertenecía a las SS y a madres solteras alemanas; administrando igualmente a orfanatos y programas para dar en adopción a los niños que fueron secuestrados vilmente en Europa del Este.

Asimismo podemos hablar del secuestro también de miles de niños polacos para ser sometidos a la germanización siendo llevados  a reeducación para familias alemanas.

Es de retomar igualmente de los anales de los conflictos políticos, el secuestro y posterior asesinato por parte de las Brigadas Rojas, de Aldo Moro quien fuera dos veces Primer Ministro de Italia y quien hiciera sus aportes literales a la Constitución Política de su país.

Y ni que obviar el sonado acontecimiento que marcó un acto de secuestro internaciones muy discutido por lo que representaba, y fue lo relacionado con el austriaco Otto Adolf Eichmann, protagonista y principal acólito  de Hitler de la muerte de millones de judíos en los campos de concentración en Alemania durante la segunda guerra mundial, y que fuera retenido en 1960 en Argentina, donde se había refugiado, por el servicio secreto israelí para ser sentenciado a la pena de muerte por sus crímenes anotados.

Como tal, entonces, el secuestro es una yaga que carcome en lo más integro del ser humano y que por sus condiciones horripilantes, saborea la cruel metodología de venganza y desazón para la dignidad.

Hoy, indiscutiblemente esta práctica no se puede desmembrar de los cometidos y pendientes utilizados durante el conflicto en Colombia, sin nombrar acciones de lesa humanidad que se están quedando como el concho amargo  de la bebida más agria que dulce, con que se brindaría, si se definiere  un cese de hostilidades.

Hemos entendido  sí, que es necesario que la desdicha pare; pero… ¿El fin justifica los medios?  Soy partidario, por mis convicciones, que hay que desarmar los espíritus y disponerse para suavizar los efectos desde todos los ángulos, que nos ha dejado la guerra para conseguir la paz.   Pero no podemos ser tan ilusos de pretender saber o afirmar que todo se hace bajo las mejores y más confiadas intensiones.  Siempre habrá esa mosca en la leche o el guiño del amigo del enemigo.  Por eso hay que estar atentos y expectantes porque el hijo de la rata queda por ahí muy calladito, comiéndose el queso.

Es por eso que para buscar justicia y que paguen los crímenes quienes tengan que pagar, no se deben dejar cabos sueltos.  Aquí no se trata de justificar una lucha revolucionaria en donde el secuestro fue o ha sido una forma de solventar la causa.  Tampoco una forma de represalia.  Por más que se hayan puesto talanqueras, por la naturaleza misma, el rio siempre vuelve a su cauce.

El Gobierno colombiano ahora está negociando la guerra y la paz.  Pero personalmente no me cabe en la cabeza que el solo firmar un acuerdo con un grupo guerrillero de cincuenta años de existencia, automáticamente nos va a dar mucha felicidad y menos cuando se usó como tema y propósito de campaña reeleccionista,  si de hecho es función de un Presidente hacer cumplir y respetar la Constitución Política y en este caso el artículo 22 de la misma dice que “La Paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. 

En este País lastimosamente se ha  invocado el nombre de Dios vanamente; cuando en los juramentos meramente normativos y al respeto de la conciencia, se establece obrar con la verdad y el cumplimiento irrestricto de las responsabilidades desde los cargos públicos y ante jueces.  

Hemos condensado memorias de promesas y casi cumplidos por fortalecer la unidad de la nación, el respeto  a las Leyes, el fortalecimiento y blindaje a la integridad vital, a la convivencia, al trabajo, la justicia, la paz, la libertad con democracia y participación política y social; pero hemos fallado y se ha pagado con la vida.

Entonces de cuál paz se habla, si los Gobiernos, en términos figurados, también han mantenido a este país, secuestrado.  Lo han condicionado y “torturado” desde todos los órdenes sociales. Han permitido e incontrolado la corrupción.

 Es una república encadenada a la voluntad de quienes quieren sacar provecho y que cada vez se pide más por su rescate. Un costo político muy alto. Una nación que no tiene libertad para desarrollar y expresar sus libertades constitucionales y sujetas bajo el régimen de la persecución, el atropello y la desprotección.  Qué más puede decirse sino que está bajo el cautiverio, la manipulación y el desastre burocrático, corrupto y corrompido.

Así es que análogamente, el contexto del secuestro tiene su esencia entre los negociadores, dícese  regulares e irregulares; desde ambas partes se han cometido desaciertos  que han comprometido vilmente a los colombianos del común.

Colombia únicamente quiere saber cómo se define la Paz que se objetiva desde cualquier mesa de conversaciones en la actualidad.

¿Solución del conflicto? ¿Entrega de todas las armas? ¿Tierras? ¿Narcotráfico? ¿Reparación de víctimas, cuántas? ¿Perdón y olvido? ¿Posguerra? ¿Etc?

Por: Luis Antonio Gómez López (luisantgomezlopez@gmail.com)
Miembro del Círculo de Periodistas de Cali

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